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jueves, 3 de setiembre de 2009

La cripta



Cripta de los Héroes de la Guerra de 1879

Incidente diplomático de 1908 entre el Perú y Chile


Lima, martes 18 de septiembre de 1908.- Palacio de Gobierno. Gabinete del presidente José Pardo y Barreda.

El canciller, doctor Solón Polo tiene desde hace media hora audiencia con el presidente Pardo. Hay premura en palacio por atender asuntos de política interna habida cuenta que aquella administración estaba de salida, pero el tema principal en agenda es la propuesta que ha sido comunicada por el ministro plenipotenciario de Chile, señor José Manuel Echenique Gandarillas, recientemente acreditado ante el gobierno peruano, de colocar una placa de bronce en la cripta que el gobierno peruano había erigido en honor de los caídos en la guerra de 1879 y a la que se sumaba Chile.

El ministro quería de esta forma inaugurarse bien y La Moneda había aprobado la iniciativa, en época de acoso a los peruanos en la zona ocupada y como contrapartida la resistencia de aquéllos.

Sin embargo, de la aceptación a ésta o su rechazo, como resultó finalmente, habría de derivar acontecimiento singular con marcado daño para las relaciones entre el Perú y Chile que hicieron eco, principalmente, en 1911 y 1920 con movilizaciones comunes en la frontera, con claras intenciones recíprocas de una nueva guerra entre los dos países. Había pues en aquella manifiesta propuesta diplomática chilena resabios de una situación no concluida y el ánimo del gobierno peruano y su población era claro que no estaban dispuestos para aceptarla.

Antecedentes a la erección de la cripta

La cripta, levantada en el Cementerio General de Lima, fue concebida para el eterno reposo de aquellos combatientes peruanos y su inauguración solemne y concurrida tuvo lugar el 8 de setiembre de 1908, durante el gobierno del presidente José Pardo y Barreda. Obra del arquitecto francés Emilio Robert, reviste hasta hoy, ostensible, la severa majestad de su propósito lo que se puede ver de la hermosa fotografía que exorna este despacho.

Tras su erección, correspondió la ardua tarea de ubicar e identificar principalmente los restos de los militares peruanos que murieron y fueron sepultados en los osarios que se improvisaban en los campos de batalla, específicamente Mejillones y Tarapacá, Intiorco en Tacna, San Juan, Chorrillos y Miraflores, Arica, Huamachuco y San Pablo, amén de otros lugares referidos como tales. La actividad de traslación de los caídos en las jornadas del sur, sepultados en territorio ocupado, había correspondido al gobierno del general Andrés A. Cáceres.

Para conseguir tal propósito, expidió el 3 de junio de 1890, un decreto supremo, por el cual se disponía el traslado al seno de la patria de los restos de quienes sucumbieron en batalla y se comisionó a la flamante cañonera Lima a cuyo bordo llegaron al Callao y a diversas tumbas en el cementerio principal de Lima, ese mismo año.

En el primer nivel fueron colocados los magníficos sarcófagos en mármol que contienen los restos del almirante Miguel Grau Seminario y del coronel Francisco Bolognesi Cervantes, mientras que en el segundo se dispusieron los 246 nichos de los militares identificados, que incluyen los restos encontrados en cinco osarios.

El acto de adhesión chilena a tan laudable acontecimiento nacional lo era también como un gesto de distensión -la ocasión se mostraba propicia de la mejor forma encontrada por La Moneda- para apaciguar momentos de efervescente y exacerbado nacionalismo que confrontaban las dos naciones con relación a la suerte de los territorios peruanos de las provincias de Tarapacá y Tacna ocupados desde 1879, esto es 29 años atrás, gesto con el que decíamos, esperaba hacer su ingreso el nuevo ministro plenipotenciario chileno en momento de aquellos negocios jurídicos tan controvertidos que movían las pasiones populares del Rímac y del Mapocho.

La nota protocolar decía:

"Lima, 16 de septiembre de 1908.- A S.E. el Dr. Solón Polo.- Señor Ministro: El Gobierno de Chile, queriendo asociarse al homenaje que el Gobierno del Perú ha rendido a los ciudadanos que en defensa de su patria sucumbieron en la guerra de 1879, me ha confiado el honroso encargo de depositar una corona de bronce en la tumba que ahora guarda sus restos.

Al transmitir a V. E. este deseo de mi Gobierno que entraña sencillamente una elevada significación moral me permito rogar a V. E. estime oportuno para dar cumplimiento a la piadosa misión con que he sido honrado. Aprovecho con agrado esta ocasión para renovar a V. E... la expresión de los sentimientos de mi más alta y distinguida consideración. (Firmado José Miguel Echenique Gandarillas)"


Coyuntura diplomática


Empero las fechas del magno acontecimiento, su inauguración ya efectuada como explicamos el 8 de septiembre de 1908 y los de la trasmisión del mando al nuevo mandatario, don Augusto Bernardino Leguía Salcedo ganador de las elecciones de 1908, fijado para el viernes 25 de septiembre, escasamente a una semana de tiempo, fueron los motivos para que el canciller Polo contestase alongando su aceptación:

"Lima 17 de septiembre de 1908.- […] En respuesta, me es muy grato expresar a V. E. rogándole se sirva transmitir a su Gobierno los vivos agradecimientos del mío por tan delicada atención.

Una vez que se hagan los arreglos necesarios me complaceré en acordar con V. E. todo lo referente al significativo homenaje que el gobierno chileno quiere tributar al sacrificio de los que ofrendaron abnegadamente su vida en defensa de la patria. (Firmado Solón Polo)
[…]

Estando a esta repuesta el señor Echenique contrató en un taller de fundición de Lima la fabricación de la placa que se terminó y estuvo a punto a fines de diciembre de 1908, producida ya la trasmisión de la administración presidencial de Pardo a Leguía.

Personajes de la nueva administración peruana

La transmisión del mando se efectuó el 25 de setiembre y el nuevo presidente, quien relevaría a José Pardo hasta 1912, debería afrontar durante este mandato los problemas limítrofes con los cinco países vecinos que, conocedores de las limitaciones materiales que pesaban sobre el Perú después de la Guerra de 1879, encontraron el momento oportuno para acometer sus pretensiones territoriales.

Pero Leguía tenía elegido como canciller al doctor Melitón Porras Osores.


DON AUGUSTO B. LEGUÍA, PRESIDENTE DEL PERÚ (1908-1912) (1919-1930)



CANCILLER, DOCTOR MELITÓN PORRAS OSORES

Ambos, veteranos de la jornada de Miraflores como soldados de la Reserva, habían servido respectivamente, el primero de los citados, en el Reducto N° 1 con el batallón 2, del coronel Manuel Lecca, cuerpo perteneciente a la Segunda División (Ver) que comandó el coronel don Pedro Correa y Santiago, formada de los propietarios, banqueros, jefes de casas de comercio, de almacenes y empleados y dependientes de éste; y, el segundo, en el batallón N° 2 de la Primera División, comandada por el coronel don José Unánue, formada de los señores vocales y jueces, abogados y bachilleres; empleados judiciales, procuradores y escribanos y amanuenses de abogados y de escribanos; cuerpos en los que se batieron el 15 de enero de 1881.

Había pues una formada empatía y resolución en las respectivas personalidades políticas.

En ocasión de su discurso inaugural como presidente de la república, Leguía hizo hincapié en torno al conflicto por Tacna y Arica:

[…] "El criterio del progreso solidario de la América y las soluciones pacíficas, nos inspirará para dirigir todas nuestras relaciones diplomáticas, y muy principalmente los esfuerzos para conseguir que nuestra frontera del sur sea, en la realidad, la designada por un tratado que el infortunio impuso y que, si nuestra fe nos obliga a respetar, no puede nuestra dignidad consentir que se agrave en nuestro daño" […]

Se refería al Tratado de Ancón, producto del tristemente célebre Grito de Montán lanzado a la república por el general cajamarquino Miguel Iglesias Pino, en plena campaña de la resistencia y a pesar de ésta, que oponía al enemigo invasor el general Andrés A. Cáceres, pronunciamiento que tuvo por corolario el citado Tratado firmado en el balneario de Ancón, el 20 de octubre de 1883, cuyo Artículo segundo reza:

[…] La República del Perú cede a la República de Chile, perpetua e incondicionalmente, el territorio de la provincia litoral de Tarapacá, cuyos límites son: por el norte, la quebrada y río de Camarones; por el sur, la quebrada y río de Loa; por el oriente, la República de Bolivia; y por el poniente, el mar Pacífico. […]; y el consecuente Artículo tercero:


[…] El territorio de las provincias de Tacna y Arica, que limita por el norte con el río Sama, desde su nacimiento en las cordilleras limítrofes con Bolivia, hasta su desembocadura en el mar, por el sur, con la quebrada y río de Camarones, por el oriente con la República de Bolivia, y por el poniente con el mar Pacífico, continuará poseído por Chile y sujeto a la legislación y autoridades chilenas, durante el término de diez años, contados desde que se ratifique el presente tratado de paz. Expirado este plazo, un plebiscito decidirá, con votación popular, si el territorio de las provincias referidas queda definitivamente del dominio y soberanía de Chile, o si continúa siendo parte del territorio peruano. Aquel de los dos países a cuyo favor queden anexadas las provincias de Tacna y Arica, pagará al otro diez millones de pesos moneda chilena de plata, o soles peruanos de igual ley y peso de aquella.

Un protocolo especial, que se considerará como parte integrante del presente tratado, establecerá la forma en la que el plebiscito deba tener lugar y los términos y plazos en que hayan de pagarse los diez millones por el país que quede dueño de las provincias de Tacna y Arica.
[…]


Resistencia del clero peruano en Arica y Tarapacá


DON PEDRO MONTT MONTT PRESIDENTE DE CHILE (1906-1910)

A esto se sumarían de forma dramática, pues comprometía el servicio espiritual de las poblaciones del vasto territorio ocupado, la expulsión de Tacna que se hizo de los curas párrocos peruanos sufragáneos de la diócesis de Arequipa.

Al producirse la separación política de Tacna y Arica de la jurisdicción peruana y ocuparla Chile por la fuerza de las armas, no se rompió la unidad eclesiástica; los párrocos de estas zonas quedaron bajo el mando directo del obispo de Arequipa de la que dependían. Toda gestión del ministro chileno Errázuriz Echaurren por lograr de la Santa Sede un arreglo a esta situación fue estéril, pues el Papa evitaba pronunciarse en tanto subsistiese el estado de cambio de jurisdicción, so pena de declarase abiertamente por Chile.

Tacna y Arica permanecían invariables bajo la dirección espiritual de 38 párrocos peruanos, que como es natural tomaron bando, con el entusiasmo que es de imaginar, por los asuntos de su patria. Púlpitos, confesionarios y procesiones eran motivo y aliento para la propaganda peruana.

Los diarios chilenos, ya mayoritarios en Tacna y Arica, reclamaron a las autoridades y éstas pusieron los antecedentes en poder de su cancillería.

Se dispuso un trato cordial para lograr un advenimiento directamente con la propia Iglesia. El obispo de Arequipa intentando darle sentido favorable al pedido del ocupante enfocó el tema pero no con asidero a la denuncia de Chile sino a la vida y conducta privada de los curas párrocos, algunos de los cuales habrían estado confrontando denuncias graves en 1908, en aquella curia.

La opinión pública peruana protestó de inmediato sobre la conducta extraña del obispo. Entonces el prelado temeroso de caer en el "torrente de traidores a la patria", rechazó la petición oficiosa y confirmó a los párrocos en sus cargos. Dado este hecho Chile, consideró que los párrocos peruanos tenían la condición de funcionarios públicos y les canceló los permisos para ejercer su ministerio con la exigencia y requerimiento de nueva autorización ante la intendencia respectiva, temperamento que no fue aceptado.

El intendente Máximo Lira los conminó a no ejercer bajo ninguna circunstancia sus funciones; en respuesta aquellos sacerdotes abrieron oratorios privados. Una población, en su inmensa mayoría católica, quedó sin los auxilios de su religión y dividida por un agudo conflicto político.

Búsqueda chilena de la intervención del Vaticano

El ministro chileno en Roma, señor Rafael Errázuriz Urmaneta, presentó un extenso memorial al secretario del Estado Vaticano, pidiendo la autorización para nombrar párrocos chilenos en Tacna y Arica. En subsidio se solicitaba la creación de un vicariato castrense que permitiese designar capellanes militares que atendieran las necesidades de la población civil. El Vaticano entró en estudio de esta proposición.

Como el ambiente general en Tacna era insostenible y los párrocos, alentados por la prensa de Lima, habían adoptado una posición de abierta rebeldía, Chile pidió directamente al obispo de Arequipa autorización para que ocho sacerdotes chilenos ejercieran su ministerio en la zona disputada. El obispo rechazó la petición y por el contrario confirmó a los párrocos peruanos, autorizando, incluso, los oratorios privados.

Por toda respuesta, los párrocos de Tacna, en número de seis, y los de Arica, de Estique, de Belén y de Codpa fueron puestos a bordo de un buque y expulsados del país. El clero chileno se plegó a su gobierno.

La cancillería peruana ordenó a su encargado de negocios en Santiago pedir sus pasaportes y retirarse. Las relaciones diplomáticas entre Chile y Perú quedaban rotas nuevamente.

A fin de evitar un rompimiento definitivo, el ministro chileno Agustín Edwards McClure preparó un proyecto completo para la realización inmediata del tan esperado plebiscito cuya demora estaba en función de la necesidad de aumentar la población chilena en aquellos territorios y disminuir la peruana, por obvias razones.

El 3 de marzo de 1910, la cancillería chilena enviaba a Lima la proposición, y el 24 de marzo Brasil ofrecía su intervención amistosa. El 25 del mismo mes se adherían Argentina y los Estados Unidos. El Perú contestó, por intermedio de su ministro en Washington, que consideraba inoportuno el ofrecimiento de Chile, hasta tanto los párrocos peruanos no fueran repuestos en sus cargos.

Como en esos mismos días la Santa Sede se pronunció por la creación del Vicariato Castrense, Chile dio por terminada la gestión. Se nombró vicario general a monseñor Rafael Edwards y 40 capellanes chilenos sustituyeron a lo clérigos extrañados y se hicieron cargo de la vida religiosa del territorio disputado.

Participación de Chile en el homenaje de los peruanos

Empero, el gesto al parecer del todo caballeresco, propiciado formal y diplomáticamente por el enemigo vencedor, confrontaba ahora para la aceptación de la placa de homenaje aquellos reales acontecimientos descritos, propios de la clara resistencia pasiva que oponían maestros y curas párrocos de las provincias ocupadas, a las instrucciones y prohibiciones que impartían los intendentes de aquellas jurisdicciones nombrados como tales por el gobierno chileno, en especial del intendente Máximo Lira, que lo era de Tacna, abocados a cualquier costo en aumentar la población chilena en la zona y de esta forma tener la mayoría necesaria para un potencial plebiscito.

Administración de salida

El panorama peruano en 1907 estaba revuelto. Terminaba su primera presidencia don José Pardo y Barreda, cuya previsora y ejemplar administración se había preocupado, entre otras importantes medidas de política interna, de la adquisición de novísimo armamento y la adopción de la moderna y distinta concepción de la doctrina militar en boga, además de la orden para la construcción en Inglaterra de los cruceros Grau y Bolognesi. Era claro que el Perú se recuperaba y que la sombra de una nueva conflagración se cernía sobre el horizonte.

La exacerbación de pasiones, tanto en el plano interno como en el internacional eran hechos permanentes. Para entonces, el pensamiento diplomático del Perú era ya no insistir en el plebiscito, sino pedir la revisión total del tratado de Ancón. Al período de apaciguamiento y serenidad había sucedido otro de clara revancha guerrera y exaltado fervor nacionalista.

Un patriotismo efervescente muy popular influía seriamente en las decisiones del gobierno. Entenderse con Chile era motejado de traición. Los estudiantes de San Marcos habían declarado como "indignos de llevar el nombre de peruanos" a todos los firmantes del documento de Ancón y a numerosos oficiales y diplomáticos que habían recibido condecoraciones de Chile.

El presidente de Chile, don Pedro Montt Montt, se mantenía firme en su creencia que los problemas con el Perú podrían arreglarse con buen sentido y con la eliminación del patriotismo bullanguero que se manifestaba por ambas partes. Al igual que muchos políticos chilenos, había cifrado en el presidente Guillermo Billinghurst, cuya administración había dado claras muestras de acercamiento y, más tarde, en la de don Augusto B. Leguía, las más grandes esperanzas de poder llegar a un acuerdo.

Por ello, una de las primeras disposiciones de Montt al asumir el poder a principios de 1907, fue designar ministro en Lima a don José Manuel Echenique Gandarillas, con las miras de tender un puente que permitiese una solución cordial. Echenique era portador de instrucciones precisas para proponer a la cancillería de Torre-Tagle la realización del plebiscito de Tacna y Arica.

Corolario, ruptura y movilizaciones

Pero la placa jamás fue colocada en el monumental sarcófago de los defensores peruanos. Echenique, ofendido, pidió una explicación. Porras le contestó:

[...] "la situación existente entre mi país y el vuestro es la menos propicia para un acto público de esta naturaleza, que podría herir los sentimientos patrióticos del pueblo peruano" [...]

La cancillería chilena ordenó a Echenique averiguar exactamente qué entendía el gobierno del Perú por "situación existente", y de no ser la respuesta satisfactoria, pedir sus pasaportes.

El señor Porras, al contestar al plenipotenciario chileno, se lanzó contra el Tratado de Ancón, declarándolo inválido, injusto, impuesto por la fuerza e inaplicable. Echenique consideró, con toda razón, que plantear el problema de Tacna y Arica, o cualquier otro, en estas circunstancias, era simplemente perder el tiempo y en consecuencia solicitó sus pasaportes.

El 20 de diciembre el semanario El Porvenir, da cuenta del incidente de la corona ofrecida por Chile, y al día siguiente Miguel Echenique envía a su gobierno una extensa nota informando todo el asunto desde su personal óptica, culminando así:

"La conducta del Perú podría ser apreciada a la luz de la nueva prueba de amistad que le hemos dado y quedaría demostrado ante los Gobiernos amigos que todos los esfuerzos de Chile se estrellan contra la tenaz negativa de avenimiento del Perú".

No obstante conocer el parecer del gobierno del Perú, Echenique envía una nota al canciller peruano reiterando finalmente:

"Réstame después de transcurrido tres meses, conocer la resolución de V.E. en orden de la fijación de la fecha para la realización del acto material de la entrega de la corona que ha quedado pendiente desde el día señalado".

El Ministro de RR EE peruano contesta por fin el 28 de diciembre de manera contundente:

"Es nuestro más vivo y sincero deseo que no se turbe con actos públicos que puedan tal vez provocar la susceptibilidad del sentimiento nacional peruano, la tranquilidad de las gestiones con que, confiamos, se ha de poner término a la triste situación de nuestros compatriotas de Tacna y Arica".

Así proseguía el tiempo y el 9 de enero de 1909, el canciller chileno Balmaceda remite una nota a Echenique:

"El Gobierno estima que dados los términos de la nota del señor Porras V. S. debe regresar al país. Deje al Secretario como Encargado de Negocios".


El gobierno, por intermedio del ministro de RR EE, pidió sus pasaportes y el diplomático, frustrado en sus propósitos, abandonó Lima.

A título de despedida, el gobierno peruano declaró persona no grata al cónsul general en el Callao, señor Paut Vergara, por haber puesto el escudo de Chile en el frontispicio del consulado, lugar que se encontraba, según la cancillería limeña, en "recinto portuario y militar". Para no agriar más las cosas, Chile cambió de cónsul.

Dañadas las relaciones que hasta el momento habían sido tibias, se produjeron movilizaciones de contingentes de tropa a la frontera común, por ambas partes y con demostraciones recíprocas de fuerza de las guarniciones de Arequipa y Arica para el caso reforzadas.

Una nueva generación de peruanos se mantenía sobre las armas.

Estos fueron los acontecimientos que en el Perú se conocen como el Incidente de la corona, presumiblemente por que la placa de bronce ofrecida por Chile tenía inserta una corona de hojas de laurel cuya etimología heráldica es la del honor, gesto de adhesión protocolar, en su sentido estricto, pero ofrecido en momento inoportuno de recíproca hostilidad, conforme se tiene reseñado y como siempre lo será en tanto subsistan diferencias de todo orden que confronten vecinos tan obstinados y comprometidos con el pasado.


Fuentes:

Historia de la República, Jorge Basadre. Tomo VIII, Séptima Edición. Lima, 1983. Edit. Universitaria

Historia Diplomática de Chile, 1541–1938, Mario Barros van Buren. 1970. España. Ediciones Ariel. Espulgues de Llobregat. Barcelona

Entre el Perú y Chile: la cuestión de Tacna y Arica
Páginas de divulgación histórica
Enrique Castro y Oyanguren
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01305031955026836088680/p0000001.htm#17

Grabados:

Internet

Presidente del Perú, Don Augusto. B. Leguía Salcedo

Presidente de Chile, Don Pedro Montt Montt

Foto de la Cripta de los Héroes de 1879, en el Cementerio Presbítero Maestro, del artista nacional, señor Telmo Cáceres Serna, (Chimi). Flickr

Dr. Melitón Porras Osores. Diccionario Enciclopédico del Perú; Editorial Mejía Baca. Tomo II, Lima, 1966.

jueves, 7 de diciembre de 2006

Una casa de la calle de Afligidos



Calle de Afligidos. Leonce Angrand; lápiz; mayo 1838.

Juan Lepiani, Asalto al Morro
Primera cuadra del Jiron Cailloma

A pocos metros de la esquina que forma la calle de la Veracruz con la de Afligidos, una de las del antiguo Jirón Lima, ahora Conde de Superunda, se yergue una casa de dos plantas y líneas sencillas, acaso producto de la influencia italiana del s. XVIII, de las escasas que aún se pueden ver en Lima. El clásico portón abre a un zaguán con patio embaldosado.

La placa de bronce nos dice que se trata del Museo de los Combatientes del Morro.

El Morro, un sencillo sustantivo que es una oración. Para los peruanos cuyo largo litoral patrio presenta notables accidentes geográficos, no dudamos a su sola mención no pueda ser otra que la del Morro de Arica, célebre por la resistencia y holocausto de un pequeño contingente de soldados peruanos que lo defendió con denuedo hasta sucumbir del abrumador asalto de los regimientos chilenos, la mañana del lunes 7 de junio de 1880.

La tropa hambrienta, pero siempre erguida,
no implora una limosna de la Suerte;
es como una avanzada de la Vida
que presenta sus armas a la Muerte... [1]

Entremos:

Restaurada la vieja morada, destina ahora sus habitaciones para museo, fue el lugar del nacimiento y vivienda del coronel Francisco Bolognesi Cervantes y la de su familia. [2]

En el patio, bastante bien cuidado presenta su robusta mole un cañón Voruz, modelo de 1866, como los usados en la defensa del Morro y volados por sus sirvientes en momentos decisivos de la pelea. También otro pequeño de bronce y de avancarga de la fundición nacional de Morales Alpaca. Oleos de militares en hierática actitud, uniformes de fino paño, con los vivos del arma a los lados del pantalón; documentos impresos y hojas a pluma y tinta, objetos de uso personal y menudos otros efectos del dueño de casa. Un libro de esgrima, otro de vieja factura sobre asuntos militares ...

Una sala lleva el nombre del coronel Alfonso Ugarte Vernal. Allí se puede apreciar el magnífico óleo, en toda su magnitud. Visión tremenda la de ese jinete ya en su salto inmortal; es el jefe del batallón Iquique No. 1, lanzado al abismo en su caballo, en una mano empuña con seguridad y confianza la bandera nacional; pero en la diestra, todavía amenazante, alza su sable roto. La hueste contempla asombrada a ese centauro en trance de héroe.





De pronto en un corcel, entre el tumulto
que arrolla el invasor, rápido avanza
Afonso Ugarte; esgrime un meteoro.

Tal en las sombras del dolor oculto
brilla, a veces, un rayo de esperanza...

Es blanco su corcel (cascos de oro y pupillas de Sol).
Rasga la bruma como flecha veloz; y sobre el alta
cumbre, erguido en dos pies, salpica espuma
con relinchos de horror... ¡y luego salta!



Otra sala es dedicada al teniente coronel, Roque Sáenz Peña Lahitte, primer jefe del Batallón Iquique Nº 33. Se ve, entre los reflejos de luz en los cristales de la vitrina, aquél uniforme de general peruano que lució como jefe de línea, en 1905, cuando llegó de la Argentina, su tierra natal, con motivo de la invitación que le hizo el gobierno para la inauguración del monumento al Héroe del Morro, en su condición de ilustre sobreviviente (Ver).

Salas contiguas exponen bustos, uniformes, cuadros, relación de tropas, los amarillentos planos en pergamino de los cañones Vavasseaur de campaña, traídos de Inglaterra por Bolognesi durante el gobierno de Castilla y otros valiosos documentos de aquella acción y sus protagonistas.[4]

Los auténticos sanitarios de la casa, en el último recinto de ese lado, son de loza, propios del siglo XIX, lucen en ellos el monograma con la marca del fabricante. En la sala contigua, de por medio un pasadizo, se exhiben muebles de la época colonial con las armas del halcón bicéfalo de los Habsburgo, los Austrias Menores; en una vitrina finos cubiertos y loza de la casa. Al fondo un pequeño patio y la cocina con una hermosa y robusta estufa de hierro admirablemente conservada con sus hornillos, marmitas, ollas de hierro, depósito de carbón y cenicero; la negra enhiesta y larga chimenea  perfora el segundo piso rumbo al techo.

En la segunda planta, un cristal protege el diorama a escala del Morro con las señales del desplazamiento de los atacantes, posiciones de los defensores y el relieve del campo de operaciones el día de su épica defensa. En la sala inmediata aparecen fusiles Comblain, arma oficial de los chilenos; también Chassepot, Minnie, Winchester, Remington y otras de la varia colección que usaron los peruanos, amén de la munición para servirlos. Bayonetas, espadas, sables, yataganes.

La sala contigua, posiblemente el dormitorio principal, alberga, a mi juicio, el alma evocadora de la casa convertida en museo: pende de una de las paredes el celebrado cuadro, obra del pintor Juan Lepiani, El Asalto del Morro.

Describe con épico dramatismo el momento culminante de la batalla y la muerte del anciano defensor de la plaza. Este valioso óleo produce la necesidad de alguna, aunque pálida, somera mención:

Entre marcos de madera en pan de oro, ocupa gran parte de la pared; es la visión panorámica de la numerosa hueste atacante en su uniforme azul y rojo. En primer plano se lucha cuerpo a cuerpo a la bayoneta. Un puñado de marinos peruanos, de azul oscuro, con su clásica gorra con la pretina bordada donde se lee Independencia, pelea obstinado y confundido, codo a codo, al lado de soldados de línea peruanos en uniforme blanco; se trata de los supervivientes del naufragio de la fragata Independencia, en la escollera de Punta Gruesa la mañana del 21 de mayo de 1879.

Ese resuelto grupo, entonces indefenso por el estado de naufragio en que se hallaba, busca ahora la muerte en tierra. Es un simple puñado de marinos convertido en infantes en su hora postrera, subido en la cima de ese peñasco cargado de arena salitrosa y sangre.

Un soldado chileno blande un fusil tomado por el cañón y se dispone a descargar, resuelto y fiero, el violento peso de su culata sobre la blanca cabeza del anciano jefe de la plaza, quien caído se acomoda en actitud de disparar su revolver, para entonces ya habría quemado el último cartucho, así lo tenía prometido. A su lado y en su torno un tendal de muertos, entre ellos el teniente de navío, don Guillermo More, yace exangüe libre ya de los pesares del inesperado naufragio y la pérdida de su nave, había entregado la vida en tierra como un simple soldado, viste el uniforme de los jefes de la armada nacional, al lado su espada con la dorada dragona.

Un soldado peruano tiene pasado con su bayoneta a un infante del Rancagua, quien mortalmente herido acusa el terrible trance. Cerca, un grupo de enemigos rodea al coronel argentino Roque Sáenz Peña, adherido a la causa nacional, hermanado al grupo de resueltos capitanes que secundaron a Bolognesi en su deseo de defender el Morro. Respetan y protegen la vida del jefe aliado por haberlo ordenado así uno de sus oficiales.

El fin está próximo …


Llueve el plomo, se rasga la bandera,
se destempla el clarín; y roncamente,
la invasión adelanta y adelanta;
y caen los soldados, a la manerade las espigas
cuya altiva frente el granizo quebranta...



La visión de conjunto que se muestra del cuadro, somete el alma, pero más aún el marcial detalle: Vivos colores de soldados enconados en lucha fiera, fornituras de cuero y lona al cinto, correajes enhebillados, cantinas, yataganes, sables dispersos por doquier… esgrima a la bayoneta; por el fondo y de los lados, entre volados cañones, nuevo refuerzo del enemigo sube y flanquea a los escasos defensores; el duro suelo de aquel magnífico peñón se empeña en beber sangre destinada a la inmortalidad.

Al retirarme de esa morada, convertida en museo, hay una impresión en el alma, es la impronta del pasado estampada en la matriz del recuerdo. La casa de la calle de
Afligidos. El largo Jirón Cailloma termina en la cuadra que lleva el curioso nombre de Monopinta. Las intermedias son Argandoña, Calonge, Puerta Falsa del Teatro, Acequia Alta, Villegas.
Calle abajo, el invisible vate me susurra al oído...

El desgarrado grito
del vibrante clarín pregona al viento que la silente paz del infinito
ha bajado también al Camposanto... [6]

[Ver]

Lima, 7 de junio; 2007.

Notas al final de página

Grabados:
El Asalto del Morro. Juan Lepiani. Museo de los Combatientes del Morro de Arica, Lima - Perú
Calle de Aflgidos, apunte a lápiz de Leonce Angrand. 1838. Edt. Milla Batres. 1972

[1] José Santos Chocano, La Epopeya del Morro, I, En Espera. Poema Americano. (Premiado con medalla de oro por el Ateneo de Lima. Lima 1899)
[2] Durante el gobierno que presidió el general Juan Velasco Alvarado.
[3] Obra citada. VI Fin del Asalto.
[4] Con el sello: London Ordnance Works - J. Vavasseaur - South Work St. London S. E.
[5] Obra citada. IV El Asalto.
[6] Obra Citada III Antes del Asalto.

viernes, 13 de enero de 2006

Las Calles de Lima



Calle de Coca

Una visita al pasado de Lima




Con ese título se hizo público en 1943 un libro que lleva los auspicios de la firma International Petroleum Co. Ltda. Su autor, el poeta José Gálvez Barrenechea (1885-1957), pasa revista a la nómina de las calles de la ciudad, el origen de los nombres y especialmente quiénes fueron sus primeros y más importantes moradores; conviene, sin embargo, que la tarea, de por sí ardua, pueda sin querer ofrecerlo presuntuoso al criterio de los más entendidos, al hurgar en remotos antecedentes y pretender luego conciliar calles con meses del año, dado que el título completo reza Calles de Lima y meses del año, pues sobre el tema bastante se ha escrito, no por muchos pero abundante si como es el caso de Calles de Lima, dos monumentales volúmenes que dedicó a la ciudad don Luis Antonio Eguiguren (1887-1919); la elegante Lima y lo limeño de don Juan M. Ugarte Elespuru; El Romancero de Lima de Montoya; las propias Tradiciones Peruanas de don Ricardo Palma Soriano (1833-1919), que, en lo fundamental, presentan a la ciudad, con aquella personalidad que lamentablemente ya está perdiendo y que le dio particular sello en este lado del mundo.

Como quiera que las fuentes de inspiración invitan a la propia investigación, hemos recogido algunos datos cuyo valor histórico y sentimental estimamos de alguna utilidad. La prosa del notable libro, cuyo título hemos glosado para este artículo, goza del elegante estilo del poeta tarmeño, abogado, jurista y doctor en filosofía y letras por la Universidad Mayor de San Marcos; las ilustraciones que contiene pertenecen al célebre artista arequipeño José Málaga Grenet (1886-1963); constituye pues importante documento para quienes tenemos interés porque, de alguna forma, Lima perviva en sus mejores tradiciones incluyendo las urbanas y arquitectónicas traídas de España, a despecho de la severa deformación que so pretexto de modernidad ha devenido modernismo, que como tal resulta irreflexiva, al consentirla los propios limeños, o aquellos arquitectos urbanistas sin visión del pasado y con peor perspectiva del futuro, al maltratarla.

La ciudad, levantada al comenzar el segundo tercio del siglo XVI, es derruida por el sismo de 1746 (28 de octubre); Superunda la reconstruye y en lo colonial o virreinal es más o menos la que llega a 1940 cuando le acomete el terremoto de mayo (día 24).

Con el paso de los años y la necesidad de ajuste en los servicios de sanidad, agua y fuerza eléctrica gozó de relativa estabilidad después de las obras de expansión urbana de Leguía y Benavides; sufre luego, inexorable y paulatinamente por vía de la demolición indiscriminada, la desaparición de valiosos predios, sin que hubiere importado la calidad de aquellos, su peculiar estilo o tan sólo como elementos constitutivos de conjunto; todo ello contribuyó en menoscabo de su originalidad para cederle paso al fierro y al cemento, fríos y vastos elementos de construcción que, si bien es cierto, permitieron elevar las obras por encima de las sobrias casas de piedra, quincha, barro, estuco y madera, rematadas en fino cornisamento, torneada balaustrada y orientadas ventanas teatinas, jamás podrían superar las alturas del prestigio de aquellas venerables moradas de la vieja Lima.

Al dar al traste con la unidad de estilo que alguna vez la tuvo y que aún se puede apreciar, herencia de la antigua Sevilla, pues sus primeros alarifes fueron aquellos venidos de las orillas del Guadalquivir, hemos renunciado conservar para la posteridad una bella ciudad que llamó la atención del viajero de todas las épocas por la peculiar disposición de sus balcones volados en cajonería y los encajes de sus celosías. En ellos había que distinguir la factura virreinal de la republicana; portones claveteados y postigos con aldaba, acceso a zaguanes embaldosados, jardines ornados entre azulejos, rejas forjadas a fuego y martillo, patios andaluces y tantas otras muestras de la cultura cristiano-morisca o mudéjar que heredó Lima y que pese a los irreparables daños aún puede ofrecer con alguna dignidad.

En este puntual aspecto, cualquier estudiante de arquitectura reconocerá la fealdad que ahora se muestra de la desafortunada interpolación, dentro de la línea estética de un claro estilo limeño, del intruso Bauhaus1, entre otros pelajes; claro intento de remedar acaso las urbes norteamericanas o europeas tocadas de modernidad.

El resultado de todo este inmoderado afán hiere la vista: un conglomerado de formas, acaso único valor, más no el que a su costa se ha sacrificado.

Don José Gálvez, describe la Lima de los 40 de manera singular y a la limeña, es decir, con humor y como chisme.

Contagiados de este entusiasmo agregamos que, trasunto colonial, Lima cobra vida e historia a la sola mención de alguna de sus calzadas: Trapitos, nido y tumba del ilegal amor del malogrado cuarto virrey don Diego López de Zúñiga y Velasco (1561-1564)2. Mayúsculo escándalo causó la muerte de su excelencia en aquella recordada calle, hoy tercera cuadra de la Av. Abancay; un celoso marido, cansado de las impunes cuitas del virrey con su joven esposa, arregló para que sus sirvientes acabaran a costalazos con el enamorado funcionario real, justo cuando abandonaba furtivo, al abrigo de la oscuridad nocturna, descendiendo la escala de seda que pendía desde una ventana de la casa del pecado…

La Virreyna
, cuarta cuadra del jirón Huallaga, en memoria de la condesa de Lemos, doña Ana de Borja y Aragón, sagaz administradora en ausencia de su célebre esposo, don Pedro Fernández Castro, conde de Lemos3, decimonoveno virrey del Perú (1667-1672), ocupado en la sofocación de los comuneros de Laycacota -alzados contra el rey- y fundador de la ciudad de San Carlos de Puno; Mármol de Carvajal, con referencia a la losa infamante que se colocó en la esquina de las calles La Pelota y Gallos, hoy segunda cuadra del Av. Emancipación -ex Arequipa-, que perduró muchos lustros para advertencia de quienes osaran levantarse contra la corona, tal como lo sentenciaba aquella; a su lado, en una picota, se clavaron las cabezas de Gonzalo Pizarro y su maestre de campo don Francisco de Carvajal, el temido por cruel y sanguinario a la par que valiente "Demonio de los Andes", ambos derrotados en los llanos de Xaxicahuana en 1548 por el licenciado Pedro de la Gasca.

Lo moderno, dijimos, devora a lo antiguo, así hoy Manita, Mantequería, Comesebos, Pileta de Las Nazarenas y Huevo abren su perspectiva sucia y bulliciosa, cargada de humo y ambulantes con el nombre de Av. Tacna.

El ciudadano de los años 40 evocaría con nostalgia, no cabe duda, cuando subido en un automóvil de alquiler ordenaba, por citar una calle "... a Rastro de San Francisco" el conductor partía raudo de Arrieros (1872), después Pacae (hoy calle del cine Metro), por Encarnación, Pando, Divorciadas, (también General Castilla), Filipinas, Coca, Bodegones, Gradas de la Catedral, Pescadería (Prefectura, en 1858), giraba a la derecha al finalizar el trayecto de lo que conocemos como jirón Carabaya y llegaba a su destino Rastro de San Francisco, segunda cuadra del jirón Ancash, calle de cueros y calzados que desde la colonia albergó en sus inmediaciones un camal, esto es, tarea de matarifes de donde tomó el españolismo nombre de rastro.

La nomenclatura urbana de entonces había seguido el remoto origen de los acontecimientos notables, como es el caso de la calle Huevo, quinta cuadra del Av. Tacna, después que los vecinos atribuyeron a la catástrofe de 1746 un pollo nacido con dos cabezas; Ya parió, tercera cuadra del jirón Cañete; Divorciadas, también llamada General Castilla, o la Calle del General donde, con paciencia franciscana se está reconstruyendo la casa del Gran Mariscal don Ramón Castilla Marquesado (1079-1867) esquina con Higuera, segunda cuadra del ex jirón Cusco.

Es en la calle de las Divorciadas donde se fundó, posiblemente por obra pía, un establecimiento para recoger y dar vida ordenada y cristiana a las prostitutas y por eso se le bautizó rescatadamente con ese eufemismo.

La fauna también ha prestado nombres a numerosas calles, de ellas Pericotes, segunda cuadra del Av. Arequipa (hoy Emancipación); Gato 4, el antiguo Callejón de Gato, cuarta cuadra del jirón Azángaro, famoso por el hospital y casa de retiro de los frailes jesuitas -contiguo al majestuoso templo de San Pedro- cuando aquellos sacerdotes, llegada la ancianidad valetudinaria, eran retirados allí en sus meditaciones en tránsito a la otra vida; el dicho limeño "Está para el gato" es que adquiere significación desde entonces; Pejerrey la segunda cuadra del jirón Jauja, calleja de sabor andaluz, otrora, en tiempos de don Ambrosio O’ Higgins, Marqués de Osorno, trigésimo sexto virrey del Perú (1796-1801), punto de reunión de artesanos de bellas monturas, jaeces, reatas y aperos de mulas tucumanas y de cuanta acémila trotaba por los barrios altos; Borricas, segunda de Cajamarca; Caballos, sexta de Huancavelica.

No menos eufónicos y sonoros resultaban Bodegones, Escribanos, Espaderos, Botoneros, pues anunciaban los gremios, aquellas instituciones de raigambre y presencia en esos tiempos; Mantas, Coca, Filipinas, Banco del Herrador, Carrera, Beytía, Zúñiga; Padre Jerónimo, allí, en la esquina con Huérfanos (hoy Azángaro y Puno) precaria levanta aún la casa natal del General Felipe Santiago Salaverry (1806-1836), el vencedor de Uchumayo y vencido de Socabaya; Pando, séptima de Carabaya, en la que hoy funge de galería tuvo su residencia don Augusto Bernardino Leguía y Salcedo (1863-1932), recordado por su largo gobierno, la expansión de Lima hacia Miraflores, la construcción del camino que conduce a ella (entonces Av. Leguía, hoy Arequipa, después de la revolución de Sánchez Cerro) su inclinación por el nepotismo y paradigma también de los males que pueden corromper a quienes toman gusto por el poder.

Corcovado
, cuarta de Emancipación donde todavía está la mansión colonial, que destaca por las bellas ventanas con flores de rosal forjadas delicadamente en hierro, propiedad del General Mariano Ignacio Prado Ochoa (1826-1901) vencedor el Dos de Mayo de 1866 y ausente voluntario en horas difíciles para el Perú (1879); Milagro, cuarta del jirón Ancash, morador de esa calle donde vivió hasta 1903 el fundador del movimiento demócrata, conductor de la hacienda pública en tiempos de Pardo, el protagonista del Combate de Pacocha contra los ingleses, y dos veces Presidente la República, sobre cuyos hombros descansó la responsabilidad de la desafortunada pero valiente defensa de Lima (13 y 15 de enero de 1881), don Nicolás de Piérola Villena (1839-1913); Lescano, allí convertida en museo se ubica, restaurada, la vivienda del Gran Almirante Miguel Grau Seminario (1840-1879), ejemplo del honor y la vergüenza militares; Afligidos, primera de Camaná, allí está el Museo de los Combatientes de Arica; es la restaurada casa natal del Héroe del Morro, quien convencido de su muerte en vísperas del asalto chileno, en breve pero elocuente carta instruye a su esposa para que rechace todo intento para su posible ascenso póstumo, por considerarlo impropio de la conducta del soldado que muere por la Patria, y al despedirse reitera que se respete su grado de coronel. El que le ha conferido un pasado gobierno es producto de la contrariedad y luce forzado cuando no irrespetuoso "Coronel Francisco Bolognesi Cervantes, Gran Mariscal del Perú".

Hay en las calles de Lima mucho de tradición, un pasado romántico y un hálito de nostalgia.5

Iglesia de San Francisco. Manuel A. Fuentes, Lima, 1867




Aquí, en este espacio, gloso un interesante artículo sobre Lima y una histórica calle o callejón. Lleva el título de
Cruz y ficción6
"Antes no existía la calle que une la Plaza Elguera con la Iglesia La Recoleta, tampoco la que está al costado del Hotel Riviera. Todo esto se llamaba el Callejón Largo: un pasaje ancho y oscuro en donde la gente formaba la resistencia, se agrupaba. Lo que hacía era simplemente esperar a que algún soldado chileno pasara por ahí, le tendían una emboscada entre varios hasta acabarlo a golpes. Recordemos que esa esquina de la ciudad era entonces los extramuros de la ciudad de Lima. Allí acababa todo. Era tierra de nadie." "Habiéndose repetido los asesinatos, dice el escritor Carlos Benvenuto, en 1932, el gobernador militar Patricio Lynch quiso suprimir estas manifestaciones de la indignación popular contra los invasores de una manera radical. Para eso se apresó a varios sospechosos de esos barrios que fueron fusilados unos junto a la tornería de don Carlos, el alemán y otros en la pared fronteriza ya para entrar en la calle de Bravo. Clavadas en lo alto de la pared, dos cruces que empéñanse los pintores ramplones en cubrir con pintura al temple, recuerdan tan luctuosos sucesos. La palabra linchar nació allí
(Inexacto. Nota del compilador). El dictador chileno quinteó, es decir, fusiló uno de cada cinco, a los poblad ores de los alrededores durante tres eternos días. La protesta del cuerpo diplomático, por supuesto, no se hizo esperar. Pero Lynch no se detuvo. Solo lo hizo cuando entendió que nadie se iba a presentar a confesar: leyes de la resistencia, que les llaman."

Calle de Aldabas. Lápiz de Leonce Angrand, Lima, 1832

Notas al Final

De los grabados:

Calles de la Coca y Bodegones. S. XIX. Lima.- Manuel Atanasio Fuentes.- Bco. Industrial del Peú. 1966.

Palacio de Torre Tagle. Foto. S. XIX. Lima. - Manuel Atanasio Fuentes.- Bco. Industrial del Perú. 1966.

Templo de San Francisco. SXIX. Manuel Atanacio Fuentes. Obra citada.

Calle de las Aldabas. Apunte a lápiz de Leonce Angrand. 1832

1 Estilo de marcada tendencia funcional, inspiración del arquitecto alemán Walter Gropius (1883-1969). El estilo de la Bauhaus se caracterizó por la ausencia de ornamentación en los diseños, incluso en las fachadas, así como por la armonía entre la función y los medios artísticos y técnicos de elaboración. Fachadas largas, armónicas en sus pisos, con profusión de cristales en amplios ventanales.

2 Fundador del célebre pueblo de Zaña, en Lambayeque.

3 Se conoce de este virrey su natural piadoso, escuchaba todas las misas incluyendo la del amanecer llamada misa parva. Barría la iglesia de Los Desamparados, contigua al palacio. Sus haberes iban a las casas de hospicio y a los asilos. Su corazón está guardado en un cofre en la Iglesia de San Pedro.

4 Por el oidor de la Real Audiencia D. Francisco Álvarez del Gato.

5 El artículo original fue publicado en Ultima Hora, en febrero de 1992. Posteriormente ha recibido enmiendas y añadidos, proceso que por lo visto no acaba.

6 El Dominical.- El Comercio.- 9/6/02. Pág. 13.